Populismos

Cuando un mensaje es repetido con insistencia por diversas voces y desde diferentes medios, siempre me pregunto qué motiva realmente el interés (y quién es el impulsor) por mantener un estado de opinión general a favor o en contra de una idea, de una tendencia social o de un movimiento popular.

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Es lo que está sucediendo con los denominados “populismos”. Antes de caer en una valoración ligera sobre ello, prefiero entender bien el concepto porque no me gustaría sumarme a la demagogia que observo en muchas de las intervenciones de políticos y gobernantes.

Según la RAE es la “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”. Etimológicamente hace referencia a la doctrina de lo popular, es decir a lo que emana del pueblo. Y de este sustantivo destaco varias acepciones: “conjunto de personas de un lugar, región o país; gente común y humilde de una población; país con gobierno independiente”, refiriéndose su origen a la oposición entre el conjunto de los ciudadanos jóvenes (populus) y el de los ancianos del senado (senatus).

En ninguno de estos significados se augura nada peligroso, salvo en la etimología de pueblo en la medida que diferencia dos clases sociales claramente distanciadas. Algo en lo que parece seguimos empeñados en mantener, separando a la gente humilde de la poderosa, más allá de lo puramente económico.

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El populismo ha sido demonizando históricamente y se sigue usando para descalificar discursos y posturas políticas de los adversarios que, fuera de una línea ideológica ortodoxa, han obtenido un respaldo importante de sus conciudadanos y representan una amenaza para el estatus preponderante. Pero no pueden ser tratados, a priori, como una amenaza para la democracia porque nacen dentro de ella y surgen como consecuencia del mal uso de los poderes que, al amparo de esa democracia, han hecho los gobernantes del arco político convencional. Por tanto, son una forma más de construir la democracia desde el plano político.

Es cierto que tenemos casos en la historia de surgimientos llamados populistas que han devenido en dictaduras, de izquierdas y de derechas, tras alcanzar el poder por la vía democrática. Pero estos extremismos no son consecuencia en sí mismos de la voluntad del pueblo, porque ninguno de ellos ha querido para sí someterse a situaciones de deterioro social, económico, de derechos y libertades. Y si en algún momento ejercieron su apoyo hacia quienes les prometieron un cambio radical para salir de una situación crítica de su país, lo hicieron bajo dos supuestos: el creer que su voto, alternativo a los que con anterioridad les llevaron al descontento y la desesperanza, es tan válido como cualquier otro porque forma parte de la estructura normalizada de la vida política de su país; y, en segundo lugar, se dejaron seducir por promesas de cambio, por mensajes salvadores o por la ilusión de un futuro mejor que, a la larga, fueron incumplidas.

Leyendo los discursos de los líderes políticos de los partidos “de siempre”, respecto del fenómeno del populismo, tengo la sensación de que consideran que hay dos tipos de votantes: los inteligentes que les eligen a ellos y los incautos (por usar una palabra suave) que deciden una alternativa posible que les ofrezca soluciones diferentes a sus problemas. Pero también sorprende el uso del lenguaje manipulador y ajeno a la realidad social, económica y política que sus acciones y decisiones han conseguido, provocando el surgimiento de nuevas voces, eco de todas las voces de los ciudadanos descontentos.

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Ninguno de los partidos con posiciones consolidadas puede en la actualidad presumir de madurez ideológica porque, de ser así, no surgirían los movimientos tildados de populistas, exentos de una ideología definida o, peor aún, escondidos tras un extremismo de izquierdas o de derechas que, a posteriori, termina siendo el lobo que depreda al propio pueblo que le impulsó al poder.

Querer establecer la legitimidad de unos y la ilegitimidad de otros, en un marco democrático, es dar alas a los antagonismos y a la radicalización de las posiciones políticas, a potenciar las diferencias entre los que son amigos y enemigos, los dominantes y los oprimidos, la oligarquía y el populacho… Peligroso juego que no beneficia a nadie. De ahí que es difícil entender, aunque fácil de adivinar, el porqué de las advertencias del peligro de los populismos cuando están siendo sembrados y alimentados por el mismo sistema que los señala como peligrosos.

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Para finalizar, en una reciente y famosa entrevista al neurocientífico H. Gardner, en La Vanguardia, le preguntaron si una mala persona puede llegar a ser un excelente profesional, su respuesta fue: “Descubrimos que no los hay. En realidad, las malas personas no pueden ser profesionales excelentes. No llegan a serlo nunca. Tal vez tengan pericia técnica, pero no son excelentes […] No, porque no alcanzan la excelencia si no van más allá de satisfacer su ego, su ambición o su avaricia. Si no se comprometen, por tanto, con objetivos que van más allá de sus necesidades para servir las de todos. Y eso exige ética”.

A la vista del panorama, yo ampliaría la pregunta a los profesionales de la política. ¿Y usted ?

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

 

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