OCG, que suene la música

Cuando hay que recortar en dineros, siempre se mete mano en la cultura en primer lugar. Hermana pobre de gobernantes que deciden, y de quienes deciden lo que se ha de priorizar (que no siempre son los mismos). Sí, la más hermosa, imaginativa, rebelde, la que siempre aporta un plus que dignifica a la sociedad y la hace volar hacia su futuro desde lo mejor de su pasado. La que menos pide, solo sobrevivir con lo justo, con lo preciso y necesario. La que calla cuando se la lastima, la que sirve en silencio y cuida del mantenimiento de los valores etéreos pero fundamentales de una sociedad: La hermana menor, de corazón más grande, esa que siempre está ahí cuando se la necesita, y la que llama la atención cuando es preciso, grabando para el futuro lo que hoy ocurra, con sus letras y músicas. Y por eso, en ocasiones también es la más molesta, la que puede incordiar con su presencia porque no se va a callar o es desobediente al gusto de quien manda. A veces se le da una ayuda, otras, una limosna, y cuando no hace lo que los fuertes, ricos, poderosos quieren o les viene bien, entonces se la castiga con el silencio, con la apatía, con la miseria, justificando con hueras palabras la actitud de indolencia hacia ella. Al fin, es prescindible, nadie la pone en el plato, aunque todos presumen de ella. Sí, la cultura ese ente a veces fantasmagórico que todos temen, pero del que todos gustan presumir, y del que tan pocos cuidan. Generalmente, se suele echar mano más de la ajena que de la propia, porque la propia con frecuencia ha de irse fuera, triunfar, ser reconocida, y entonces intentar volver para ser mínimamente valorada entre los propios, si acaso. Y en esa cultura están la poesía, la novela, la pintura, las artes escénicas, el cine… y la música. ¡Ah, la música! Criatura que nos envuelve y atrapa, que va de siglo en siglo rompiendo barreras temporales, generando el misterio de los sentimientos en corazones distantes cientos de años, que pone el vello de punta y hace saltar lágrimas hasta de los ojos más secos. Pero suene usted, partitura libre y generosa, sola, gratis, como los vientos que se cuelan entre montañas. Sea usted un regalo de los dioses, porque los humanos estamos en otras cosas. Acompáñeme, pero no me pida a cambio ni pan ni agua. Si acaso, un poco de circo en el cual pueda descansar y entretenerme. Considere las prioridades, y entre ellas, querida y sonora amiga, usted no está. Nadie gana unas elecciones porque suene un acorde, salvo que ese se escape de una flauta, sí, por casualidad, pero no por causalidad. Y así nos va, y así nos irá en una ciudad en la que es más importante que suenen otras músicas a que el violín o el piano o el contrabajo realcen hasta el infinito las almas que por aquí deambulan.

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