Mayores agredidos

Avenida de Dílar, Zaidín. Ocho de la tarde. Personas paseando en el sosiego de una tarde primaveral de mayo. Un joven en bicicleta va y viene por plena acera. Tras dar varias vueltas, se acerca a una señora que camina con andador, intenta arrancar de su cuello una fina cadena. La derriba. Inmediatamente se escabulle entre la gente mientras la anciana es socorrida, aparentemente más asustada que herida. Pronto percibe un fuerte dolor en la cadera. Trasladada al hospital del PTS, se le diagnostica rotura de la cadera. Este joven ha terminado con la calidad de vida, cuanto menos, de un ser humano hasta el fin de sus días. A cambio, nada. No es identificado, y aunque lo fuese, poco o nada le ocurriría, al ser menor de edad. En el hospital alguien cuenta que unos días antes, desde una moto, otro joven corta con una navaja la correa de un bolso a otra señora mayor. En el corte, la navaja llega hasta el cuerpo produciéndole una profunda herida. En este caso sí hubo botín. No, no pretendo asustar a nadie, ni crear falsas alarmas. Es una realidad que las personas mayores son mucho más vulnerables a agresiones, y la mayoría de las veces con absoluta impunidad. No suele pasar nada porque no hay quien los atrape. Y ahí van quedando vidas ajadas por agresiones que, si bien pueden ser puntuales, son tan dañinas como cualquier otra, con el agravante de que acaban con las calidades de vida de las agredidas, pues, además del daño físico, el miedo aparece. Son sucesos, como siempre hubo, pero el anonimato actual de las ciudades incentiva y descarna a una sociedad de progreso, progreso alcanzado gracias al trabajo de estas víctimas a lo largo de sus vidas, que parece que hemos nacido ya con todos los derechos, surgidos de forma espontánea porque nos los merecemos, que nadie hubo ahí antes para sudarlos, lucharlos, alcanzarlos. La persona mayor es el eslabón débil de nuestra actual sociedad. Cargamos las tintas en los derechos de todos los demás, pensamos que las pensiones, mínimas, ridículas, vienen a compensar una vida de esfuerzo gracias al cual hoy tenemos aceras, calles asfaltadas, semáforos, viviendas con energía eléctrica, calefacción…, escuelas en todos los barrios, centros de salud, y hasta wifi en terrazas, locales comerciales y bares. Y no nos queremos dar cuenta de que todo eso es gracias al esfuerzo, al sacrificio de estas generaciones que ya nos están abandonando, dejando una sociedad infinitamente mejor que la que ellos encontraron, y que les ofrece tan poco, a veces una minúscula pensión con la que han de sobrevivir cada mes. La protección de nuestros mayores ha de ser la mayor señal de respeto y reconocimiento hacia ellos, protección en el más amplio sentido de la palabra. A veces solo se acude a ellos a pedir un voto. Después es difícil hasta conseguirles una cama en el hospital para que puedan curar sus heridas, las del cuerpo, porque las otras a veces las hacemos incurables.

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