#apuntaminombre; ¿o mejor no?.

Vox ha pisado el acelerador de las redes sociales generando un nuevo “trending topic” como reacción a su petición de la lista de funcionarios que trabajan en cualquiera de los ámbitos de la lucha contra la violencia de género. Con independencia de que la ley de protección de datos permita o no que se le pueda ceder esta información, su propósito, más allá de conocer la cualificación profesional de estos trabajadores o de atacar al “chiringuito del feminismo supremacista”, es seguir siendo el foco de atención de sus simpatizantes y detractores.

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No sorprende que Vox use esta estrategia (de ello ya hemos hablado en otras ocasiones y hemos referido otros casos similares de líderes de otros países que han utilizado parecida estrategia de “hype marketng”), aunque sí asombra que otros partidos, medios de comunicación y la población en general sigan “entrando al trapo” de cada manifestación pública que hacen. Por una parte, sin coste para la formación política, se les ayuda a incrementar los niveles de difusión, a obtener mayor grado de atención y, sobre todo, afecciones y desafecciones más intensas. Y, por otro lado, el ruido mediático sobre las propuestas posiblemente más descabelladas, poco afortunadas e imposibles de llevar a cabo, salvo que tuvieran mayoría absoluta, no hace más que cubrir otros temas importantes que este país necesita acometer con urgencia. La violencia de género es un tema regulado por una legislación respaldada por los partidos mayoritarios y por la mayoría de la población, que seguramente requiere mejoras y de mayores esfuerzos de concienciación y educación; por tanto, no continuemos “dándole cuartos al pregonero” cuando existen cauces legales para resolver la cuestión de las listas de funcionarios.

De ahí el titular de este artículo: mejor que no apunten mi nombre, porque este asunto no merece atención; porque ante una afrenta intelectual sin sentido, la mejor respuesta es el silencio y la indiferencia; porque no me asustan las listas que recuerdan a momentos dolorosos que deberían haber quedado en los libros de historia (y que seguimos empeñados en mantener frescos aun a pesar de haber pasado tres generaciones), pero sí me preocupan las que nos encasillan, nos etiquetan y nos acotan como una camisa de fuerza que aprisiona la mente hasta conseguir alienarnos bajo un eslogan, unas siglas, una ideología, una bandera… para enfrentarnos a los que figuran en otras listas, para hacer el juego a quienes desprecian la libertad de pensamiento y pretenden manipular las decisiones de los ciudadanos.

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Hace unos días hablábamos de las heurísticas del poder, de representatividad y de disponibilidad, para ilustrar cómo quienes ostentan el poder político y controlan los medios de difusión masiva pueden controlar el flujo de las ideas. Recordemos: la primera nos permite determinar si una persona pertenece a una categoría concreta y, por tanto, comparte  las características comunes a ese grupo, por lo que nos es fácil aliarnos con quienes consideramos iguales y, por el contrario, alejarnos de quienes parecen extraños  Es decir, en este caso, hacen que nos posicionemos a favor o en contra de un partido con mayor intensidad, no por la ideología en sí, sino por un asunto concreto que es potenciado usando la heurística de disponibilidad.

Esta última es el atajo mental que nos ayuda a recuperar ejemplos que tenemos en la memoria reciente cuando tratamos de evaluar un concepto o tema específico. Cuanto más inmediato haya sido un suceso, cuánta más información dispongamos en nuestro entorno cercano, más familiar y convincente nos parecerá. Por ello, recibiendo todos los días información sobre la violencia de género en todos los medios y redes sociales, respondemos a la propuesta, en este caso de Vox, con tanta rapidez y vehemencia. Es decir, no nos paramos a analizar cuál es el objetivo real de su petición a la Junta de Andalucía y damos por sentado que la causa es la persecución de unos funcionarios en concreto.

Además de estas heurísticas, en la disciplina “neuropolítica” se aplican otros sesgos cognitivos para movilizar a los ciudadanos hacia posiciones en las que sea más fácil convencerlos para que adopten una posición o tomen una decisión partidista. Veamos algunos de ellos.

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El sesgo de arrastre o efecto Bandwagon es la tendencia que tenemos a hacer algo o tener alguna creencia cuando hay muchas personas que hacen o creen lo mismo. Nos amparamos en el grupo (cuanto más numeroso, mejor) para justificarnos, aunque no estemos absolutamente convencidos de ello. Este sesgo se apoya en el de proyección, por el que asumimos que los demás poseen pensamientos, valores y conductas muy parecidas a los nuestras, lo que fortalece la justificación de participar en actividades conjuntas o de apoyar a quienes les otorgamos la confianza por representar lo que estimamos son las ideas de la mayoría. Y, finalmente, el sesgo de disconformidad por el que no aceptamos aquellas opiniones que contradigan las nuestras y, en cambio, damos por perfectamente válidas las que nos parecen congruentes con las nuestras. Esto, además, nos lleva a obviar cualquier información que desafíe nuestra opinión y a buscar la que secunde nuestra línea de pensamiento.

Reflexionemos sobre ello.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

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