El momento del capitalismo consciente

“La consciencia no es un fenómeno categórico, sino gradual. Muchos factores se encargan de modularla. Todos estamos en primera fila cuando se trata de nuestra propia consciencia. Es nuestra experiencia privilegiada. Los observadores, en cambio, deben sacar siempre conclusiones” (C. Hornstein). La ‘consciencia’ actúa para crear vivencias subjetivas de los fenómenos que experimentamos, tanto externos como internos; somos conscientes de algo cuando somos capaces de traducir internamente las sensaciones que recibimos a través de los sentidos y elevarlas a ideas o pensamientos relacionados directamente con nuestro yo.

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En cambio, hablamos de ‘conciencia’ cuando aplicamos reglas morales o principios éticos a nuestros actos, o a los de otros, para diferenciar entre lo que está bien y lo que está mal. Actuar con conciencia implica ser consciente de ello, pero ambos términos no son sinónimos, aunque estén íntimamente relacionados. Por ello, creo que la traducción del concepto “conscious capitalism” impulsado por R. Sisodia y J. Mackey no debería ser “capitalismo consciente” sino “capitalismo ético” (o moral). Veamos el porqué.

En otras ocasiones hemos hablado de la necesidad de reinventar el capitalismo como modelo económico que permita la generación de riqueza y el progreso de las personas, respetando las libertades individuales, la igualdad de oportunidades y el respaldo de las iniciativas que conduzcan a la sostenibilidad de la comunidad. Aunque su papel ha sido fundamental en el desarrollo de las sociedades actuales, la interpretación del modelo original de capitalismo smithiano se ha ido extremando al generar una muy acusada estratificación social de tipo económica, donde predomina la desigualdad en la distribución de la renta y en la división del trabajo. Neoliberales y neoconservadores han tomado el control del mercado priorizando, en la obtención de capital como relación de producción, el control sobre la oferta y la demanda de productos y la prevalencia de los intereses de las grandes compañías (maximización de la obtención de beneficios) sobre la justa retribución salarial de los trabajadores, el respaldo al desempeño de los autónomos y el respeto del medioambiente.

Frente a esta situación, y a la controvertida conversión de los sistemas socialistas/marxistas en capitalismos de estado, surge la necesidad de reivindicar el pensamiento liberal de J.S. Mill (“la mayor felicidad para el mayor número de personas”) para instituir un modelo de capitalismo que cree valor para toda la sociedad, que sea ético en la medida que los negocios se basen en el intercambio voluntario y en la distribución igualitaria de los recursos, eliminando la pobreza y protegiendo la naturaleza. Surge así el movimiento “capitalismo consciente” para repensar el capitalismo, entendido éste como el mejor sistema para potenciar la cooperación entre individuos y el progreso social.

En palabras de Sisodia y Mackey, en este nuevo marco ético las empresas tienen confianza y autenticidad, desarrollan culturas innovadoras y afectuosas que hacen que trabajar en ellas sea una fuente tanto de crecimiento personal como de realización profesional. Y se esfuerzan por crear riqueza financiera, intelectual, social, cultural, emocional, espiritual, física y ecológica para todos sus grupos de interés. En conjunto, el capitalismo consciente (ético) viene a suponer la suma del modelo de gestión humanista de M.P. Follet, la economía del bien común de C. Felber, la economía circular de Pearce y Turner y la teoría del valor compartido» de M. Porter y M. Kramer.

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Para que estas empresas pongan en práctica el modelo de capitalismo ético deben contar con líderes que abracen y defiendan los principios que priorizan el futuro de las personas que representan sus principales relaciones (los llamados stakeholders), conciliándolo con los intereses de quienes han invertido en ese negocio (los accionistas o shareholders), del que esperan obtener beneficios anuales. Beneficios que, en parte, son compartidos con la sociedad para garantizar su desarrollo. En el fondo, el modelo de capitalismo ético responde a los mismos fundamentos por los que el ser humano desarrolló evolutivamente los conceptos de moral y ética como mecanismos emocionales para consolidar las relaciones de grupo. Hacer el bien fortalece el colectivo, mientras que lo contrario lo debilita.

Por ello, este nuevo capitalismo se apoya en cuatro principios: tener un propósito elevado que inspire a los stakeholders; implantar un modelo de liderazgo basado en la fuerza del equipo y consolidado por la confianza y el respeto; crear una cultura corporativa basada en valores éticos que sustentan la estructura de la organización y que conducen la actividad empresarial; y, finalmente, aportar valor no solo a los inversores, sino a toda la sociedad en general, reforzando estrategias “win to win” en las que unos no ganen más que otros.

Vivimos en una sociedad que ha sufrido varias crisis, que aún no ha terminado de restañar las heridas de la última cuando ya hay signos de una nueva mucho más dura, y que todas ellas han sido consecuencia de un capitalismo voraz protagonizado por empresas, entidades y dirigentes ambiciosos e inmorales. Los ciudadanos reclaman otro modelo que recupere la esencia de los negocios éticos, dirigidos por líderes éticos, que tengan como principal objetivo mejorar la vida de las personas y conservar el medioambiente.

Es el momento del capitalismo consciente (ético), ¿no cree?.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

 

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