Liderazgos ante la incertidumbre

A veces recuerdo la historia de un rey que, preocupado por su futuro, pidió a videntes y hechiceros que adivinasen si mantendría el trono hasta el fin de sus días. Como ningún augurio le satisfacía, convocó al viejo eremita como última opción para aliviar su inseguridad. El sabio le entregó un anillo con un mensaje en su interior que solo debía abrir cuando estuviera en peligro. Un día, uno de sus consejeros le traicionó en complicidad con un monarca que nunca tuvo por enemigo, viéndose obligado a huir por los pasadizos secretos de palacio. Cuando estuvo a salvo, en la espesura del bosque, recordó lo que le dijo el viejo eremita y abrió el anillo, donde encontró un papel con la frase “todo esto pasará”.

Tras reclutar a sus fieles militares y aliados, pudo reconquistar su castillo tras varias algaradas y un asalto nocturno. Cuando estaba celebrando la victoria, vio a lo lejos al eremita y recordó la frase escrita en el interior de su anillo: “todo esto pasará”.

Con el discurrir de los años, el rey aprendió que los tiempos de prosperidad y de adversidad finalizaban inexorablemente y que, para alargar los primeros y afrontar los segundos, debía estar preparado y actuar con inteligencia, planificando y gestionando los recursos del reino apoyándose en consejeros fieles y con la complicidad de sus súbditos. Las conquistas podían estar sucedidas de derrotas y los momentos felices podían ser enturbiados por tristes acontecimientos; muchos de ellos formaban parte de la normalidad de la vida, pero otros eran imprevistos y amargos sucesos que ponían en crisis largos períodos de bonanza.

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Cuando la desventura apareció súbitamente, comprendió que podía superarla con rapidez confiando en la fortaleza del pueblo, con él al frente de sus ejércitos, o de sus campesinos para luchar contra una plaga, o de sus médicos para lidiar con una epidemia, o de sus ingenieros para reconstruir la ciudadela tras una catástrofe. El anillo con la frase “todo esto pasará” fue el talismán que mantuvo su reino próspero porque lo hizo consciente de que cada día, bueno o malo, podía cambiar drásticamente su rumbo. Se preparó para no sucumbir a la placidez del poder y la riqueza, y para saber sortear la desgracia.

Durante un tiempo pensé que la moraleja de este relato era que todo es pasajero, que nada permanece. Que lo bueno y lo malo son situaciones sobre las que no tenemos control y que debemos aceptar lo que nos toca vivir en cada instante, aunque hubiera que tener una clara disposición para valorar las primeras y para superar las segundas. Pero con la experiencia empresarial entendí que en el fondo había grandes lecciones para ejercer el liderazgo.

Quizá la primera sea que nadie nace para ser líder ni nadie elige serlo. Son las circunstancias las que favorecen su surgimiento y sus seguidores quienes deciden respetarlo como tal. Una cuestión es, como en el relato, heredar un trono que puede cambiar de regente al albur de las circunstancias y otra distinta es ganarse el derecho a regir el destino de un reino. En los momentos de incertidumbre o de declive es cuando sobresalen aquellos líderes que han sido capaces de desarrollar dotes creativas y de visión innovadora para transformar lo fortuito en oportunidad y el riesgo en posibilidad de mejora, para dominar la frustración y convertir los reveses en palancas de aprendizaje.

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En cualquier empresa (también en su acepción genérica de “acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo”), el líder no es el que enseña sino el que acepta las reglas de nuevo escenario donde se ha de jugar y encaja la aleatoriedad de los sucesos, aprende de los errores y de los aciertos, reconoce lo que se ha conseguido con el esfuerzo de todos los implicados, ve en cada obstáculo una señal para confirmar que se avanza en la dirección correcta, no se detiene ante los problemas sino que busca soluciones con la implicación de su equipo y no con su sacrificio, y se siente agradecido por lo que se “es” en cada situación (no por lo que se “tiene”).

En momentos de crisis, el directivo impone las respuestas jerárquicas junto con los ejecutivos de primer nivel, de arriba hacia abajo, mientras que el líder aporta toda la información con transparencia y faculta a los miembros del equipo, organizando una red de subgrupos para priorizar los problemas y buscar soluciones eficientes para el conjunto de la empresa. El líder no pone al frente a los expertos para que tomen decisiones sino para reunir información y aportar ideas que permitan al equipo ajustar las decisiones a la realidad cambiante.

El líder reconoce la gravedad de la crisis y, para ser creíble y generar confianza, limita el optimismo a lo realmente posible, aunque no descarta “lo imposible” porque sabe que “todo esto pasará”.

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

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