Educación

Educación, esa palabra que representa el vértice de su realidad, tan empleada y denostada, tan poco cuidada en esta sociedad que no duda en usarla como arma de guerra, cambio o chantaje. Educación, aspiración máxima para lograr una vida elegida más allá de los bienes palpables. La educación es la fortuna intangible de los individuos, es la riqueza del alma, es, junto a la cultura, el alimento del espíritu que va a su vez escogiendo el camino a recorrer cada día. La educación se transmite de madres y padres a hijos, y la sociedad es encargada de acrecentarla, de cuidar que todos sus miembros alcancen unos mínimos que les permitan transitar por ella, por esta sociedad, sin problemas. Los ricos siempre tuvieron acceso a la educación ampliada que llega hasta el conocimiento de la realidad que va más allá de los horizontes cotidianos. Los pobres tuvieron que conquistarla en una lucha desigual, pues era y es entendida como privilegio. También hay una élite en estos fueros, determinada por las castas que la pueden pagar, y que va mucho más allá de lo próximo y de la capacidad. Una educación elevada no garantiza actitudes más favorables al común de los humanos, ni más solidarias, porque una cosa es educación y otra sensatez, civismo, coherencia, capacidad. Se puede aparentar ser muy educado sin que ello implique mirar más allá del propio ombligo. La sencillez tampoco está reñida con la educación, la complementa, aunque no siempre es así, y los estiramientos más elevados llegan a quienes más dosis educativas recibieron. Que lo traten con educación es algo más de que lo respeten, puede incluso ser que lo traten como a un igual, si bien hay quien considera una superioridad este bien del espíritu, igualable al bien del dinero, porque se lleva en el interior.

Con frecuencia se suele confundir educación con conocimiento, y es que este es una parte de aquella si desde una perspectiva académica y vital la entendemos. Y nos lo evalúan, y lo hacen con unos parámetros que nunca pueden ser objetivos, aunque intentan acercarse a la objetividad, pero que no miden las carencias previas desde las que se parte, ni las desigualdades sociales históricas e interesadas de una tierra, ni la demografía, ni tantos aspectos que no pueden ser recogidos, pero que influyen sobremanera en los resultados. Los de siempre, quienes toda la vida la recibieron, se apoyarán en este atraso, que en realidad no lo es, porque quien viene remontando acabará superando, por la sencilla razón de que esta carrera no se acaba jamás, nunca, y hay tiempo para todo. Andalucía se va aproximando a la media europea, poco a poco, pero con paso cierto y cabal, aunque yo quisiera que ya la hubiese superado, pero los cambios profundos son lentos, y eso que hay muchos andaluces que ya están por delante, algunos incluso siempre lo estuvieron, suerte para todos, porque ellos también puntúan en la suma de la media, a más que les pese a algunos.

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