Hambre en las calles

Parecía que una de las más crueles enfermedades de siempre había sido desterrada de este primer mundo, en el que conocemos de las cosas antes de su propia existencia. El hambre, esa sinrazón que mata entre suciedad, moscas y lágrimas calladas, se viene paseando por las zonas pobres, de las cuales nunca acabó de irse. Allá donde los políticos apenas asoman, donde la decadencia se acompasa con las palmas que buscan ahuyentar el dolor del cuerpo, donde los niños apenas comen caliente salvo cuando están en la escuela; allá, en las zonas convertidas en guetos por esta sociedad que se está viendo maltratada por una crisis tan absurda como enorme, allá el hambre pasea sus flaquezas cada día. Y la Junta de Andalucía decide actuar para que ningún niño tenga menos de tres comidas al día, con una medida que el PP tacha de electoralista, de ese bipartito perdedor que nos gobierna (PP dixit), que bien podría dejar de hacer caridad con los niños y dedicarse a crear empleo según la derecha andaluza. Hay niños en Andalucía que solo comen caliente cuando lo hacen en la escuela. Hay niños que pasan hambre, y sus madres pasan aún más, porque les dan a sus hijos el escaso alimento que hay en sus casas. Hay gentes que solo están comiendo una vez al día, y esto resulta una vergüenza que debe sonrojar a todos, y más aún a quienes están beneficiándose de esta situaciones de crisis, a quienes están llegando a la opulencia, y a quienes buscan réditos de cualquier tipo de miseria ajena, que está tan cerca de nuestros hogares. Los políticos han de dar la talla en tiempos difíciles, talla intelectual, no de cintura o de papada, y en estos momentos bien podrían unirse todos, si de verdad sienten lo que dicen sentir por la sociedad a la que dicen defender, y dejarse de meritajes ante sus jefes. A lo peor, efectivamente algunos sí están defendiendo a la sociedad que dicen defender, y por eso se entretienen con estas diatribas. Cada cual es dueño de su hambre, aunque algunos no tienen ni para guardarla.

 

 

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