Fresquitos en el estanque

A poco que uno se dé una vuelta por las capitales andaluzas puede percibir la enorme transformación que han sufrido en los últimos años. Destacan especialmente Sevilla y Málaga, aunque Cádiz, con la puesta en marcha del nuevo puente, vio una evolución significativa en su día a día. Pero lo de las dos capitales es especialmente relevante, no solo en infraestructuras, también en desarrollo cultural y turístico, con imponentes novedades en el ámbito cultural, tanto en museos, conciertos, exposiciones, etc., como en la generación y explotación de exponentes turísticos que llenan calles, plazas, hoteles, museos… de gentes que ven lo que quieren ver, porque en muchas ocasiones así se lo han vendido. No, no caeremos en la eterna melancolía nazarí que inunda los pulmones con un aire de resignación y falsa paciencia. Que Granada tiene lo que quiere tener, lo sabemos, y se sabe el porqué de su avance, lento, lentísimo, en todo. Pero no genera más que melancolía, pues a algunos esto les va muy bien, en sus lustres y en sus silencios, en sus haciendas y en sus posicionamientos vitales desde los que un suspiro puede modificar actitudes y generar controversias, que no van a ningún lado, porque es como mover el agua de su piscina sin pasar el limpiafondos ni poner en marcha los skimmers. Eso sí, de cuando en cuando una pastillita de cloro viene a aparentar que todo está como debe estar. Y así andamos, sin ánimo de compararnos con los avances de estas otras dos, que son, por capacidad de lucha de sus habitantes y de quienes los representan, las capitales de Andalucía, y por ende, de España Sur. Granada es como un tesoro guardado en un arca, al que de vez en cuando alguien promete algo que en cualquier otro lugar tarda dos años en cumplirse y aquí dos generaciones. Vemos las mismas caras en todos los espacios en los que el glamour se escenifica, eso sí, más viejos y viejas, que el tiempo es daga inexorable por mucha cosmética y seda que lo cubra, y todos más felices que un pez en su estanque, porque así estamos, en un estanque. Paco Cuenca quiere que se camine juntos en el progreso de la ciudad. Está bien, pero ese caminar debe saber hacia dónde se dirige, cuáles son los proyectos concretos, quién los paga, cuándo se comienzan y cuándo se acaban. Y cumplir lo que se dice, porque aquí la gente ya no se cree nada, porque cuando el personal ve cómo avanzan otros y echa un vistazo, por ejemplo, a la segunda circunvalación, que parece la comenzaron a construir los romanos; o el AVE, que avergüenza a cualquiera que piense un minuto en ello; o el metro, con las innumerables trabas puestas a lo largo de su ya larga historia que parece va a nacer este mes, nos sumerge lastimosamente en las aguas no de un estanque, de una alberca en la que solo unos pocos se refrescan mientras la inmensa mayoría los contempla impasible.

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