El Gollizno

Granada es una provincia prodigiosamente dotada de parajes naturales. Inigualable con el resto de España por su variedad y los enormes contrastes que ornan sus campos, pueblos y costas. Esto es algo indiscutible, y solo quienes no deseen reconocer una realidad tan evidente como esta podrán negarla. Entre estas delicias con las que la naturaleza dota a esta tierra se encuentra el Gollizno, paraje que discurre bañado en parte por el río Velillos, por la comarca que forman Moclín, Olivares, Tiena, Puerto Lope, Tózar, Limones…, en el Poniente granadino. Se trata de un espacio que de estar en cualquier otra provincia sería de los más visitados y explotados cultural, turística y económicamente. Aquí se están dando los pasos precisos para que pueda suponer un aliciente más para el despegue económico de la zona. Los parajes que se pueden recorrer son sencillamente cautivadores, y la historia que encierran es fundamental para conocer el origen de esta Granada en la que hoy vivimos. Las administraciones locales y provinciales, junto a la autonómica, han instalado elementos de los que gustan a la gente: un puente colgante, una pasarela junto a la pared, sobre el río, unas señalizaciones precisas, una ruta llena de espacios atractivos, de fuentes, de zonas de descanso. Y circular, lo que permite acabar donde se inicie, y elegir el sentido, con paisajes cuyas perspectivas son evidentemente contrarias. Existe además una parte prehistórica, con unas pinturas rupestres que bien haría la administración en protegerlas, pues en cualquier momento cualquiera puede dañarlas de forma irreversible. Una pantalla ante los cazadores y rebaños podría ser inicialmente suficiente. Los senderistas recorren caminos, veredas, bastón en mano, paran una y cien veces a contemplar la sierra que al fondo se presenta imponente, a escuchar el murmullo del agua, que corre a veces serena, a veces rápida y agitada, fotografían las paredes cortadas a cuchillo de los Tajos de la Hoz, se refrescan en las fuentes, y pueden optar por tomar senderos diferentes y acudir a visitar estos pueblos, que sin duda los acogen con el cariño y amabilidad de las que sus gentes hicieron gala toda la vida. Estas gentes que otrora recorrían el Gollizno para poder desplazarse de un pueblo a otro, y que conocen mejor que nadie la estructura territorial de su comarca, allá, apenas a media hora de la ciudad, con un valor incalculable, con unas posibilidades enormes, y con todo lo preciso para que Granada luzca una zona que, he de confesar, a pesar de haber pasado por ella cientos de veces, era para mí una perfecta desconocida. Las carreteras nos alejan de estas joyas que atesoramos desde el desconocimiento, y de las que podemos pasar a unos metros sin saber que ahí mismo existe un espacio que engrandece el alma. Y a esto añadiremos el castillo de Moclín, ese enclave que tanto tuvo que ver en la conquista de Granada. Pero de los restos de este castillo, y de sus posibilidades, escribiremos más adelante.

 

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