De la empatía a la iatrogenia.

“Exactamente -dijo Dupin-. Cuando pregunté al muchacho de qué manera lograba esa total identificación en la cual residían sus triunfos, me contestó: «Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la de la suya, y luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón, coincidentes con la expresión de mi cara».

En este texto, extraído de la obra “La Carta Robada” de E.A. Poe, observamos en aquel colegial una perspicaz capacidad para ponerse en el lugar de otra persona (meterse en sus zapatos, que dicen los ingleses); o una sagaz inteligencia interpersonal (H. Gardner) que le permite comprender a los demás y establecer hábiles niveles de comunicación para mantener relaciones humanas duraderas, o para tomar ventaja (competitiva) sobre aquéllas.

 

En psicología se le ha denominado empatía a esa capacidad de meterse en la piel del otro para comprender su estado de ánimo, los sentimientos que le embargan o provocar la expresión sincera de sus pensamientos. En todo caso, ambos aforismos responden a mecanismos neurofisiológicos protagonizados por tres estructuras: las neuronas espejo, la ínsula y el sistema límbico.

El mecanismo de las neuronas espejo encarna, en el plano neural, esa modalidad del comprender que, antes de toda mediación conceptual y lingüística, presta forma a nuestra experiencia de los demás (G. Rizzolatti), lo que nos posiciona para tener una opinión de alguien antes de conocerlo realmente.

Los otros dos mecanismos intervienen para modular la percepción de sus emociones, de tal manera que se puedan equiparar éstas para ajustar la relación interpersonal, siendo la ínsula la que interpreta, a nivel visceromotor del observador, los sentimientos de la otra persona para, a continuación, trasladar al sistema límbico la información de su estado interior que será interpretado como una emoción similar (M. Iacoboni).

 

En otras palabras: ver a alguien feliz o triste nos hace (en principio) igualmente felices o tristes. De ahí la importancia que ha tenido la empatía o la inteligencia interpersonal en la evolución cultural y biológica de los individuos, mediante los procesos de aprendizaje por imitación y de evaluación del riesgo a través de la percepción de los sentimientos ajenos.

En el ámbito empresarial, se ha puesto de manifiesto que, en aquellas compañías donde sus directivos y empleados ejercitan la habilidad de la empatía para comprender el entorno interno y el externo, se promueve la generación de nuevas ideas, se amplía la capacidad productiva y el potencial de crecimiento de los trabajadores, y se afrontan los procesos de recesión con opciones más creativas para lograr contrarrestarlos (J.M. Boyers).

Pero se ha de tener en cuenta que ser empático no significa entender al otro para nuestro beneficio particular, sino entenderlo para que él obtenga el suyo propio. Esto exige la comprensión de los sentimientos ajenos desde un plano emocional, sin el cual la percepción sería exclusivamente cognitiva, pálida, fría y despojada de todo color emotivo (W. James).

 

Y es aquí donde deben encenderse las alarmas. Muchas empresas, bajo una supuesta responsabilidad social, han tratado de practicar la empatía con sus empleados y con su mercado, pero se han quedado en el análisis puramente cognitivo de la relación y se han olvidado de comprenderlos emocionalmente. De hecho, han priorizado sus intereses en lugar de situar estos en la misma posición que los intereses de la sociedad.

Ante las diferentes caras de la crisis que nos acosa, se han tomado medidas que para nada tienen que ver con una apuesta por el crecimiento común (y mucho menos por el bien común). Eso sí, todas ellas se han vendido con el argumento de que eran la mejor opción, y se han excusado aludiendo a un alto grado de comprensión acerca de la débil situación en la que se iban a quedar las clases más desfavorecidas… Una empatía despojada de todo color emotivo, sin duda.

Así, administración y empresarios han hecho gala de una calculada iatrogenia. Han propuesto y aplicado soluciones para remediar una crisis que, a corto plazo, han supuesto males mayores que las enmiendas pretendidas. Sólo hay que leer detenidamente la evolución de los indicadores económicos de la macroeconomía para percatarse de cómo su pronosticada mejoría está íntimamente relacionada con el empeoramiento de la realidad cotidiana de las familias, con el agravamiento paulatino de su ya precaria microeconomía.

 

Da pavor observar cómo se manejan las cifras de desempleo, por ejemplo, y se habla de la cruda realidad de los más desfavorecidos desde una posición condescendiente, desde una falsa comprensión hacia los que diariamente hacen malabares para poder sobrevivir, desde un alarde de empatía para hacer suyo el sufrimiento ajeno…, pero no se ha visto a ninguno de estos oradores (sean políticos, directivos, sindicalistas o altos cargos de la administración) lanzar sus manifiestos economicistas desde la fría soledad de una cola a la puerta de la oficina de empleo, como subsidiado.

Y quizá lo más perverso sea ver a responsables de recursos humanos realizando cursos acelerados de coaching para poder gestionar con “amabilidad” el despido de grandes cantidades de empleados, para poder “empatizar” con ellos en el trance de comunicarles que la empresa ya no puede contar con sus servicios, de manera que aquel “trago” sea lo menos traumático posible. Como si la calle no fuera de por sí lo suficientemente fría y desoladora cuando uno es lanzado al abismo de la incertidumbre, como para además tener que dar las gracias por las buenas formas.

Decía Gandhi que hay siete cosas que nos destruirán: la riqueza sin trabajo, el placer sin consciencia, el conocimiento sin carácter, la religión sin sacrificio, los políticos sin principios, la ciencia sin humanidad y los negocios sin ética. Dejo a su análisis la posibilidad de que se cumpla su vaticinio.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

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