El arte de motivarte.

A veces ocurre que creemos encontrar la solución a un problema importante y, en lugar de regocijo, ello nos puede provocar desasosiego porque nos resulta complejo explicar la respuesta y, más desconcertante aún, es posible que no sepamos expresar o definir de forma racional y precisa aquel problema.

Esto, lejos de ser una paradoja, es una de las cuestiones a las que nos enfrentamos habitualmente en el ámbito personal y, con más frecuencia de lo que pensamos, en el profesional. Sobre todo en aquellas situaciones en las que sendos ámbitos se superponen.

Me refiero a la natural predisposición de las personas a reflejar en su estado de ánimo los sucesos que acontecen en su trabajo y, a la inversa, a repercutir en sus capacidades productivas los avatares de la vida cotidiana particular.

No somos entes perfectos con una naturaleza preparada para tener dos (o varias) personalidades distintas en función de la situación a la que nos enfrentemos, con habilidades y aptitudes diferenciadas y con una llave mágica que nos permita abrir y cerrar a nuestro antojo el patio donde nuestras emociones emergen y donde podamos reprimir libremente la respuesta a determinadas conductas.

Y aún menos como seres sociales integrados en comunidades que han determinado la supervivencia de la especie y su evolución. La diversidad de matices que presenta la personalidad de cada individuo nos diferencia a unos de otros, pero también nos proporciona los sentidos de cohesión y fuerza del colectivo, en el que cada integrante adopta un rol determinado con más o menos destreza y responsabilidad.

Hace más de veinticinco siglos el estatus social se medía en base a las habilidades y saberes puestos a disposición de la comunidad, hasta que surgió el dinero como fórmula para materializar la obligación contraída por alguien frente a quien le había prestado un servicio o entregado mercancía y no podía ser compensado mediante un trueque en parecidas condiciones. Es decir, estamos en los orígenes del crédito.

Más tarde, al dinero se le otorgó la función de intercambio y se le asignó un valor por sí mismo, respaldado por quien ostentaba el poder centralizado. En ese instante es cuando las sociedades sufrieron una fuerte reconversión pues los status empiezaron a definirse no por la aportación a la comunidad sino por la acumulación de dinero y, por tanto, de poder. Los roles cambiaron y el reconocimiento de la sociedad no fue para quien más podía contribuir con su sabiduría o con su mejor labor, sino para quien acumulaba más riqueza.

En este escenario, dicho de una forma simplificada, el trabajo pasó también de un intercambio de intereses sociales a uno de intereses económicos, en el que la remuneración por la aportación del trabajador se cuantificaba en una cantidad de dinero que se le entregaba una vez finalizado o mediante diversas fórmulas o pactos contractuales.

Es decir, la recompensa económica no se obtiene justo tras realizar el esfuerzo y en la mayoría de los casos no está alineada justamente con éste. Por tanto, el trabajador descuenta el futuro y el valor percibido de lo que recibirá será menor cuanto más tiempo se tarde en remunerarle.

Esta es una de las razones por las que muchas compañías se equivocan cuando establecen exclusivamente baremos y fórmulas de incentivos económicos para “pagar” a sus trabajadores por la entrega de esfuerzo físico o mental, apropiándose de los resultados para generar una actividad empresarial que tampoco protege la propiedad intelectual de lo producido como un bien común, sino privativo de la empresa y sus propietarios.

Está claro que todo el mundo trabaja para obtener un salario que le permita vivir dignamente, pero nadie lo hace por subsistencia ni auto-reconocimiento. Pues estos están relacionados con la identificación de nuestras necesidades y en cómo transformamos éstas en deseos para alcanzar una serie de objetivos (nuestra misión personal). Pero lo que lleva a actuar a cada individuo en un sentido determinado es su motivación. A esta motivación se le denomina intrínseca porque no está sujeta a variables externas sino a su fuerza interior.

Nuestras competencias y habilidades no las vendemos por un salario, sería demasiado banal. Como seres sociales, tenemos un alto sentido de la responsabilidad y de la cooperación, lo que nos ayuda a ser más creativos, intuitivos y solidarios frente a los problemas. Por ello, la solución a estos está suficientemente compensada por la satisfacción de haberlo logrado.

Por el contrario, la recompensa económica se transforma en una experiencia que tiende a incitar la repetición del comportamiento o el hábito que la precede. Lo que conlleva la automatización de tareas, la desvinculación emocional del individuo respecto a éstas y, finalmente, la desmotivación.

Y cuando aparece la desmotivación, desaparecen los deseos y surgen otros conflictos internos que repercuten en la estabilidad, en la autoestima y en la voluntad de las personas y, consiguientemente, en su productividad y en su capacidad para identificar y resolver los problemas.

En una organización, tener un empleado desmotivado no se soluciona con un incentivo económico, sino conectando lo que realmente le importa hacer (su misión) con lo que la empresa necesita que haga para alcanzar objetivos comunes.

José Manuel Navarro Llena.

@jmnllena

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