Apostar por las Fuentes

Desciende el sol tras un horizonte encrespado que tiende sus profundas heridas alrededor del “Monte de la Luz”, allá donde las estribaciones de las subbéticas cordobesas deshacen su poderosa presencia ante un río Genil enaltecido por la mano del hombre en el embalse de Iznájar. Se arrebolan las volubles nubes sobre las aguas y un paisaje de ejércitos de olivos se yergue en permanente lucha por conquistar, junto a prados, alcornoques y almendros, el futuro prometido a lo largo de su historia por quienes hicieron con su tierra ataujías de poder y olvido.

Contemplo el ocaso desde el borde de un acantilado que preside el paraje conocido como Cesna, una estructura mágica semejante a la proa de una imponente nave surgida de la profunda memoria geológica del lugar, presta a cruzar las aguas pero congelada en ese envite con un eterno gesto de valentía reprimida. Desde esta plataforma rocosa se adivina un paso que desciende vertiginoso por el tajo hasta su base, conectándola con oquedades habitadas desde la prehistoria y que, en el medievo, sirvieron de viviendas cueva a sus pobladores.

A mi espalda, una pequeña meseta elíptica se inclina levemente hasta encontrar el perfil herido de los restos de una muralla huérfana de casi 5.000 años de antigüedad. Quiso ser espacio de refugio, defensa y vida para una población que gozó de los beneficios de una posición privilegiada y una naturaleza generosa. Hoy se le conoce como Villavieja o la Villa Vieja, en contraposición al destruido poblado de la Villa Nueva, como prefieren llamarlas los habitantes de Fuentes de Cesna. Entre ambas villas, como un hachazo profético, se abre un barranco regado por las inagotables fuentes del Caño, de Enmedio y de la Plaza, que finaliza en la vega que antaño atravesaba el camino al Cortijo del Río.

Desde mi otero, trato de adivinar en la colina que se alza sobre esa vega los restos del casi desaparecido Castillo de Turrush, en la lengua de tierra que huye de los pagos de Los Castillos y Tejadilla. Si entorno los ojos, imagino al orgulloso Abderrahman I pidiendo asilo tras su desembarco en Almuñécar y, más tarde, urdiendo los planes que le llevaron a sentarse en el trono del Califato cordobés. En un asentamiento estratégico para las comunicaciones desde Granada hacia Sevilla y Córdoba, el Castillo de Turrush soportó los vaivenes de fronteras, batallas, rebeliones, el encarcelamiento de Boabdil, el flujo de viajeros y mercaderes y, también, fue testigo del buen trabajar y bienvivir de sus gentes, ayudando a enriquecer los reinos que les tocaron en suerte.

Si levanto la mirada, adivino entre la espesa y salvaje vegetación los restos de la Villa Nueva, un entramado de casas ordenadas en cinco barrios (Cuevas Altas, Cuevas Bajas, La Trocha, Barrio Bajo y la Asomadilla) en torno a aquellas tres generosas fuentes. Un paisaje urbano que se resiste a desaparecer tras un milenio de asentamientos de diferentes orígenes y religiones, de cambios de frontera y de señores ilustres, de catástrofes geológicas y de, finalmente, su abandono. Si agudizo el oído, me parece escuchar las voces de sus habitantes ausentes, los ruidos domésticos adheridos a sus ruinas orgullosas, el eco de sus animales buscando fantasmales zahurdas y corrales, el silencio de su historia reclamando mantenerse presente.

La Villa Nueva, también conocida como las Fuentes Viejas, fue entregada en 1963 a los designios del tiempo tras el desprendimiento de parte del tajo que le servía de cobijo y protección de los vientos del norte. Desde entonces permanece ensimismada en sus ruinas, oponiéndose a la decrepitud de la dejadez a la que se ha visto sometida y esperanzada en poder recuperar el protagonismo que antaño tuvo.

Escudriñando su pasado no puedo por menos que imaginar un futuro mejor para ese espacio deshabitado que el de ser, más allá de testigo mudo engullido por el polvo y las higueras, un referente cultural para el poniente granadino. Un lugar donde combinar la arquitectura ancestral con soluciones livianas que restauren el aspecto y disposición de su iglesia, de las escuelas, de la taberna, del colmao, de cada una de las casas de sus familias; que permita identificar los rincones donde sus habitantes amaron, lucharon por una vida mejor y dieron sentido de pertenencia a las generaciones que transitaron y hollaron sus tierras.

Imagino lo sencillo que sería habilitar un recinto integrado en su orografía que sirva de encuentro para cualquier persona interesada en la cultura y la naturaleza, en la interpretación de la historia y en la configuración de las comarcas que confluyen en el pantano de Iznájar, en ese epicentro equidistante a las provincias de Granada, Córdoba y Málaga.

Poseer un entorno privilegiado como el conformado por el Castillo de Turrush (y la cercana torre de Pesquera), el Tajo de la Villavieja y las Fuentes Viejas y desaprovechar la oportunidad de crear recursos culturales y turísticos para poner en valor su patrimonio natural, paisajístico e histórico, y mejorar las opciones de trabajo y de desarrollo económico, es una oportunidad que no deben dejar pasar las administraciones competentes. Ni dejar de reclamar los fuenteños.

 

José Manuel Navarro Llena.

@jmnllena

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