Juego de iconos.

Era inevitable hablar de ello, así que, si no ha visto aún los últimos capítulos de la afamada serie “Juego de Tronos”, no siga leyendo porque les propongo analizar desde otra perspectiva el final televisivo de la saga de “Canción de Hielo y Fuego” de George R.R. Martin.

A lo largo de la última temporada hemos podido constatar que, parafraseando a M. Porter, las estrategias de cada uno de los protagonistas no han cambiado, lo que ha cambiado ha sido el contexto en el que se han desarrollado los acontecimientos. Todos ellos han pretendido alcanzar sus objetivos particulares de poder, aunque tuvieran que unir fuerzas para enfrentarse inicialmente a una amenaza mayor, la de los caminantes blancos; pero, una vez superada ésta, el final desvela un problema mayor a la conquista de Desembarco del Rey y al derrocamiento de Cersei Lannister. Ahora lo veremos.

Analicemos la trama desde la perspectiva de una gran empresa: los líderes de los Siete Reinos son los responsables de cultivar y mantener de forma coherente la cultura de la sociedad. Cuando se producen desacuerdos con las creencias del que ostenta el mayor liderazgo, se genera una crisis que solo tiene dos salidas: la pena de muerte por traición o el magnicidio. En ambos casos, se produce la desestabilización del sistema.

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La mejor forma de hacer trascender la cultura hacia todos los niveles de una organización, o de la sociedad, es mediante la cesión de responsabilidades y la concesión de autonomía para tomar decisiones en el marco de los objetivos comunes, algo que no se produce como constatamos en la tensa escena en la que Gusano Gris continúa degollando prisioneros. No tener criterio propio y obedecer ciegamente las órdenes de Daenerys Targaryen, desoyendo las instrucciones de Jon Nieve, provoca que éste empiece a tener claro cuál ha de ser su doloroso objetivo.

Para que el colectivo crezca y oriente sus esfuerzos de forma conjunta, sin fisuras, debe ser partícipe de la información y del conocimiento que hace fuerte a la organización. Manejar diferentes versiones, ocultar la totalidad o parte de los planes, o manipular los datos solo lleva a crear desequilibrios y a generar sesgos en función de intereses particulares, como cuando se desvela la sucesión legítima al trono de los Targaryen. La noticia de que es Jon Nieve el heredero real, y cómo se maneja, conduce a un desenlace en el que ni él ni “su reina” terminan ciñéndose la corona.

Como en todas las grandes empresas (léase también unión de fuerzas e intereses para alcanzar un objetivo), deben prevalecer tres conceptos: personas, principios e historias (y rituales). Las personas no son recursos sino seres humanos que tienen inteligencia, toman decisiones racionales o emocionales y crean vínculos con otras personas, por ello ha de prevalecer su respeto y consideración. Actuar contra ellas o no tenerlas en cuenta, aunque sean “enemigas”, no ayuda a alcanzar el éxito ni a ocupar una posición privilegiada en la mente de los seguidores, a pesar de que exista un propósito superior. Daenerys imaginó un mundo mejor sobre la base de la aniquilación de vidas y la destrucción de la ciudad, sin escuchar los consejos de Tyrion ni las advertencias de Jon Nieve. La consecuencia, además de su muerte, fue dejar ruinas y una sucesión caótica.

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Lo sucedido durante las ocho temporadas es fruto de la inexistencia de una defensa unánime de los principios éticos más elementales para conducir a los siete reinos con armonía, respeto y justa ambición. Salvo personajes muy contados, la mayoría han presumido de una moral bastante cuestionable.

Finalmente, como Tyrion argumentó para defender la coronación de Bran Stark, los pueblos deben consolidar su identidad a través de las historias que narran su devenir y que fortalecen sus creencias justificando el arbitrio de las decisiones de las élites poderosas (económicas, políticas o religiosas), con el respaldo del pueblo o con su sumisión. Las historias pueden ser fieles a los acontecimientos o estar aderezadas con todos aquellos atributos que escapan a la compresión humana, en cuyo caso conviene crear rituales que magnifiquen y asienten las creencias colectivas a lo largo del tiempo, constituyéndose en tradiciones incuestionables.

El final de “Juego de Trono”, además de dejar muchas incógnitas sin resolver, deja un panorama incierto que ninguna empresa querría para sí. El triunfo del deber sobre el amor se resuelve con el sacrificio, no con la palabra. La rueda de los siete reinos no se rompe para forjar una nueva alianza sino para alumbrar el círculo de seis reinos y, aparte, el séptimo en el Norte. El nuevo Rey, Bran, sabía desde que se convirtió en el Cuervo de Tres Ojos que iba a serlo y, aun así, calló la conveniente aniquilación de gran parte del mundo conocido para culminar con su elección. El nuevo consejo de reino lo conforman Tyrion, Bronn, Sam, Sir Davos y Brienne, todos ellos personajes con más sombras que luces.

Hemos sido espectadores, no de un juego de tronos, sino de un entramado de iconos representando perfiles imposibles de complementarse entre sí para crear una cultura social (o corporativa) cohesionada. Mal presagio para una nueva temporada. Si la hubiera.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

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