Lo digital se come el mundo*

* (M. Andreessen)

Por mucho que queramos sustraernos de los nuevos entornos digitales y confesar que aún tenemos una vida controlada al cien por cien por nuestra voluntad, que observamos con sigilo y prudencia cada segundo de nuestra conducta social y que las decisiones que tomamos las realizamos siendo plenamente conscientes de las causas que las originaron y de los efectos que producirán, en realidad sólo es un espejismo que “cortejamos” con animosidad pero del que cada día estamos más alejados.

Que nuestro comportamiento está siendo condicionado por las nuevas tecnologías,  que las formas con las que interactuamos se han modificado substancialmente y que nuestra capacidad para ampliar las relaciones interpersonales y profesionales se han multiplicado exponencialmente, nadie lo pone ya en duda.

No obstante, en el ámbito empresarial tradicional no se está produciendo la misma adaptación a pesar de las fuertes inversiones que se puedan realizar en recursos informáticos, en la gestión de las bases de datos (con más o menos inteligencia de negocio) y en adoptar nuevos modelos de relación con los clientes a través de las redes sociales.

Mientras que las personas hemos acogido lo digital con espontaneidad (aunque haya venido impuesto), porque nos ha permitido ampliar nuestros horizontes físicos a través del acceso a una cantidad inimaginable de conocimiento, nos ha dado la posibilidad de encontrar colaboradores donde antes había incertidumbre y soledad ante un posible reto, y porque hemos sido capaces de transformar la obsesión por la  obtención de información en gestión ágil de nuestras tareas, incrementando lo que podemos hacer y compartir, la mayoría de las compañías lo más que han hecho ha sido poner “0 y 1” donde antes había pliegos de papel y ábacos.

Es cierto que las nuevas tecnologías han aportado eficiencia a la gestión de procesos y de información, a la distribución por canales y medios más cercanos al cliente e, incluso, a la generación de valor en la oferta de productos y servicios más útiles o más orientados a las necesidades del consumidor. Pero es más cierto que aquella eficiencia está directamente relacionada con el incremento de productividad y con la reducción de costes en la manufacturación y en la comercialización.

En cambio, lo que no está surgiendo es un esquema paralelo a la innovación tecnológica que implique también innovaciones en la creación de ventajas competitivas basadas en el talento y en la capacidad creadora y de autogestión de las personas que integran la compañía.

Muy pocas empresas, sobre todo las que se han constituido recientemente al amparo de la revolución digital, han desarrollado los mismos mecanismos internos que las personas que hemos incorporado paulatinamente las nuevas tecnologías a nuestra vida diaria.

La disposición a la actualización permanente, desarrollando productos sencillos que sean de fácil adaptación y personalización, les proporciona un nivel para dinamizar el mercado que es difícilmente imitable. Sobre todo cuando cuentan con la complicidad de sus empleados, para desarrollar un trabajo que es más un reto diario, y con el compromiso y la colaboración de parte de sus consumidores para ayudarlas en sus procesos de mejora permanente.

Estas compañías han entendido que todos los avances introducidos en los sistemas digitales no eran más que una traslación de lo que las personas de forma natural tendemos a hacer. Y por eso han devuelto a sus trabajadores esos mismos principios para articular una organización más flexible, eficaz e interconectada, en la que las jerarquías se han disuelto a favor del valor aportado por cada uno de ellos para conseguir unos objetivos que benefician a una sociedad que respeta y admira esa conducta empresarial.

Hace días tuve la oportunidad de asistir a una charla de Ignacio Pérez Dolset (Fundador de Ilion Animation), al final de la cual le planteé una pregunta en términos parecidos a estos: “En un momento en el que las entidades financieras abrazan las nuevas tecnologías como al prometedor vellocino de oro y las empresas tecnológicas fomentan la desintermediación financiera ofreciendo servicios convencionales de los bancos ¿dónde está el punto de encuentro?”. Una difícil cuestión que necesitaría una larga conversación.

No obstante, puede resultar fácil si nos damos cuenta de que las entidades financieras (da igual su tamaño y discurso estratégico) mantienen esquemas y procedimientos decimonónicos maquillados con la tecnología que básicamente favorecen la reducción de costes y la simplificación de procesos y, sin embargo, no han innovado en el fondo de cómo relacionarse con sus clientes ni han defendido la transparencia y el beneficio mutuo en las transacciones.

En cambio, las empresas tecnológicas que están implementando las operaciones típicas de la banca comercial tradicional (transferencias, cambio de divisas, pagos electrónicos, …) han antepuesto los intereses de sus usuarios y han organizado la estructura de la organización para darles respuesta directa e inmediata. El único problema que tienen es la fuerte regulación de los bancos centrales que les impide gestionar los depósitos de sus clientes. Si se relajara esta normativa, seguro que aquella pregunta tendría fácil respuesta: el punto de encuentro sería el inicio del declive de las entidades financieras convencionales.

 

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

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