Los cambios necesarios

¿Quién es el enemigo? Los enemigos terminan por definir quiénes somos. No sólo por oponernos, desde una perspectiva ideológica, religiosa, filosófica o económica, a quienes se muestran renuentes a seguir nuestros principios o creencias, lo que hace que nos reafirmemos aún más en ellas, sino porque marcan nuestro nivel de flexibilidad para aceptar ciertas dudas como razonables o, por el contrario, de inflexibilidad para imponer nuestras ideas como inamovibles.

La dimensión y trascendencia del enemigo también nos define siempre que sepamos mantener la tensión del enfrentamiento y no desaparezcamos al primer intento de defender nuestra posición.

Pero no siempre sabemos quién es el enemigo y, en muchas ocasiones, éste puede encontrarse dentro de nosotros mismos. No porque no hallemos contra qué o contra quién lanzar nuestra ira o afán de conquista, sino porque nuestros principios naveguen tras intereses mudables y no por claras convicciones.

Ya ha pasado más de una semana desde las elecciones municipales y autonómicas, y parece que un huracán hubiera surcado el panorama político y social del país. Apariciones y desapariciones súbitas de los protagonistas que antes ostentaron el poder y de quienes lo galantearon, ahora se combinan con la irrupción de nuevos actores que han roto el monopolio del bipartidismo de las grandes formaciones (PP y PSOE) y el oportunismo “pseudoconciliador” y egoísta de los partidos nacionalistas.

Ahora los hemiciclos y las salas de plenos serán multicolor aunque las reglas de juego seguirán siendo las mismas: lo importante será alcanzar la gobernabilidad si bien habrá que olvidar lo que se prometió y pactar con quienes antes negaron la opción de llegar a un acuerdo. A los anteriores enemigos políticos, igual habrá que reconocerlos como aliados para sumar escaños o concejalías, no obstante haya que retractarse de lo dicho o dejar de lado las afrentas y recelos.

Con el bipartidismo hemos sufrido durante años anemia ideológica (con los líderes del gobierno sometidos a los dictados del neoliberalismo económico) y los correspondientes bandazos políticos debido a una alternancia que nada tenía que ver con hacer política sino con construir fortalezas en las que mantenerse una legislatura más, a costa de un progreso social en lo teórico y una regresión económica en la práctica.

La pérdida de las mayorías absolutas muchos lo ven como un riesgo para la estabilidad de los gobiernos locales y autonómicos, aunque los absolutismos nunca trajeron nada bueno.

Lo sucedido el domingo pasado también se quiere ver como un ensayo para lo que serán las elecciones generales, si bien entre este momento y final de año queda todo un semestre de cortejos y desplantes, en el que se pondrán en evidencia los intereses reales de cada formación. Y, por supuesto, empezaremos a ver si los recién llegados tienen la voluntad y la determinación de “hacer política” para beneficiar a la sociedad e intentar recuperar su confianza y la estabilidad económica o, por el contrario, querrán “ser políticos” imitando a quienes tanto han criticado (con toda razón, por cierto).

Pactar para que gobierne la lista más votada, buscar alianzas entre progresistas o entre conservadores para llegar a mayorías más sólidas, buscar compensaciones e intercambios de sillones para gobernar a la limón…, sólo son muestras de que lo más relevante sigue siendo el poder. Y en esta dinámica seguimos, incapaces de innovar con otras fórmulas que no sean “el reparto de cuotas” e invalidados para hallar soluciones que pasen por la elaboración conjunta del programa más adecuado para el municipio o la comunidad autonómica.

Es una cuestión difícil, pero lo que hoy necesitamos es otra forma de afrontar los problemas que nos acucian. No se trata de hacerlo bajo el prisma de la derecha o de la izquierda, ni del capitalismo o del marxismo, tan dados a favorecer los enfrentamientos y la exclusión del otro, sino bajo otra dimensión que se vincule al progreso real de las personas. Progreso que ha de empezar por el cultural a través de la educación, y terminar por el económico acabando con la gran brecha existente entre las clases más favorecidas y las más pobres.

No se trata de promover ninguna utopía, sino de aprender de los errores y de haber sufrido lo que no funciona, de lo que lleva a consolidar sociedades prósperas o en trágica involución.

 

Dice H. Petroski que la forma sigue al fracaso, no a la función. Cuando hablamos de innovación, los dispositivos no surgen totalmente terminados de la mente de un inventor, sino que van tomando forma a través de las experiencias, por lo general negativas, de sus usuarios. Aunque son muchas las cuestiones que nos diferencian con otros países con regímenes autoritarios o inmersos en conflictos bélicos o raciales, seamos al menos capaces de aprender de nuestros fracasos y no nos empeñemos en buscar adversarios en nosotros mismos para dar sentido a la función de la política (a la menos conveniente que es la de crear políticos en lugar de servidores de la sociedad).

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

 

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