Los “NO-Bancos”

Como viene siendo habitual, antes de algunos días festivos o vacaciones, se ponen en marcha nuevas rondas de reajustes en las plantillas de la banca. Es el momento de hacer cambios en la estructura y, oportunamente, de informar a los afectados que les ha tocado, por necesidades de rentabilidad del negocio o por la reordenación del sistema, el despido. A esta “desvinculación” se le suele llamar de otras muchas formas más eufemísticas, pero se trata de lo mismo: el cese de la relación laboral.

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Por desgracia, estas situaciones las vemos tan normales que ya solo “levantan ampollas” a los directamente afectados. El problema es que seguiremos asistiendo al adelgazamiento de las estructuras territoriales de las entidades financieras, incluso una vez superadas las imposiciones de la reordenación bancaria, debido a la decisión de los bancos que han sobrevivido de abrazar la digitalización de todos sus servicios como si fuera la única vía de salvación del sistema. También lo justifican como respuesta acelerada a la entrada de nuevos actores que están replanteando el mercado financiero.

Entre estos últimos, dentro de las llamadas empresas “fintech” o financiero tecnológicas, encontramos a los llamados “Neo-Banks”, “Challenger Banks” y “BaaS”. Los primeros son lo más parecido a un banco tradicional, aunque de un tamaño mucho menor y con un solo canal de relación, de principio a fin, con el cliente: los dispositivos móviles. Su objetivo es aprovechar su menor escala y una operatividad más sencilla para ofrecer los mismos productos, con mejor servicio y a un menor precio. La mayoría terminan siendo adquiridos por grandes entidades financieras que los usan para cubrir determinadas áreas de servicio.

Los segundos, los “Challenger”, quieren llegar a ser bancos convencionales con licencia completa otorgada por el banco central regulador, e igualmente operan exclusivamente por el canal móvil, aunque ofreciendo sus propios productos o intermediando los de terceros.

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Y finalmente, los BaaS son empresas que ofrecen el servicio “Bank as a Service” mediante una avanzada plataforma tecnológica, cuentan con una licencia financiera completa o específica (restringida) para dinero electrónico y están capacitadas para realizar transacciones electrónicas por cuenta de terceros.

La evolución a la que estamos asistiendo nace del deseo, y la necesidad, de jóvenes empresas tecnológicas de cambiar el escenario financiero tradicional por un nuevo ecosistema que permita la desintermediación de las transacciones y una experiencia de usuario totalmente diferente, soportada en dispositivos móviles y con una capacidad de relación más directa. Pero el mercado les impele a estar regulados, por lo que empiezan siendo neo-bancos, luego tratan de convertirse en challenger y, finalmente, ven en la fórmula BaaS la mejor opción para fortalecer su futuro y dar servicio incluso a otros bancos, aunque este proceso es largo y costoso.

Desde el punto de vista de los clientes, estas fintech son más atractivas ya que establecen un modelo de finanzas personales sencillas, una operatividad online más ágil y unos precios más bajos al contar con una estructura de costes mucho más contenida.

No obstante, algunas de ellas empezaron ofreciendo productos y servicios básicos totalmente gratuitos y, con el tiempo, se han visto obligados a tarifarlos a precios menores que la competencia, una vez consolidada la relación con el cliente, para bien minimizar los costes operativos o, también, para obtener unos márgenes ordinarios más atractivos. Este comportamiento, no deja de ser convencional a pesar de que se trate de camuflar con halos de “modernidad”.

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La masiva entrada en el mercado de estos nuevos proveedores de servicios financieros, además de necesitar del obligado marco regulatorio, va a imponer la adopción de nuevos sistemas de seguridad, como la tecnología blockchain, la implementación de asesorías totalmente digitalizadas, como los roboadvisor, o la “contratación” de canales de atención digital personalizada basada en inteligencia artificial, como los chatbots, para garantizarse un futuro solvente en un mercado vigilado y sensible a la aparición de nuevos entrantes.

En cualquier caso, la gran diferencia entre estas fintech y la banca tradicional es la estructura de costes que tienen y la capacidad de maniobra para innovar. Las primeras se manejan con presupuestos muy reducidos en comparación con los bancos, y son más ágiles en el desarrollo de proyectos, de ahí que estos prefieran comprarlas como mecanismo para impulsar su tecnología.

Pero más allá de la implementación de nuevos entornos digitales, que sólo son capas de tecnología añadidas a los procesos financieros convencionales, la gran apuesta debería venir por reinventar el sistema de manera que los usuarios fueran los depositarios reales de su dinero y los responsables de su gestión a través de diversos proveedores de servicios para intermediar transacciones de movimiento de fondos. Es decir, cada persona se constituiría en su propio banco y usaría las empresas reguladas que necesitase para hacer una transferencia, una compra, invertir en bolsa o prestar dinero a otro usuario.

El poder de negociación y de uso del dinero de cada individuo lo tendría éste, no las entidades financieras, que tendrían que transformarse en canales para garantizar las transacciones; es decir, en “no-bancos”.

Tenemos blockchain e inteligencia artificial para este cambio real. Aunque quizá falta la voluntad de llevarlo a cabo.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

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