Juan Alfredo Egea

Juan Alfredo Egea voló con las musas. Antes nos regaló sus versos, desde una visión independiente y sobria, desde la libertad de una literatura que busca recoger las mieles de la vida, y también las amarguras, porque la poesía es así, un río con dos orillas, por el que el agua fluye a veces silenciosa, a veces brava, lamiendo los bordes de los campos que lo sostienen y a la vez riega, posibilitando la vida con cada verso, incluso las tierras más áridas. Egea es el poeta más grande que Almería ha dado en las últimas décadas, o en todos los tiempos, como dirían otros. En cualquier caso, sin competencia con la palabra, Egea ha ido retratando el interior del ser humano a lo largo de sus versos, en el interior de sus estrofas.

La poesía no vende, es más, hay quien se vanagloria de no leerla, que no la entiende, que no le llama la atención. Pero en los momentos cruciales de su existencia el consuelo lo encontrará en aquellos versos que un día alguien supo recitarle. El poeta aparece en la sociedad como el ser que deambula, cuaderno en ristre, mirando, callado, escribiendo, dibujando con palabras los suspiros que todos llevamos dentro y a veces tememos sacar a la luz, incluso ante nosotros mismos. Sin embargo, en el momento en el que el lector se sumerge en el mundo poético la vida cobra sentido, sus ojos se ven ahí, entre las palabras y el reflejo en los significados, hasta que los sentires se adueñan del alma. Pero hay que saber leer, y saber leer poesía. Y eso solo se aprende leyendo y también escuchando, hacia los adentros. La poesía es la literatura del espíritu, pero hay quien prefiere quedarse solo con el cuerpo, como si tuviera miedo a enfrentarse a sí mismo, a sus creencias, a sus dudas, a sus sufrimientos y a sus gozos. Y las excusas vuelan, o sencillamente se ignora. La escuela y el instituto deben ser precursores del mundo poético, y las familias debieran poner al alcance de sus hijos las estrofas precisas. Estarían educando de forma eficaz y duradera, pues los estarían enseñando a introspeccionarse con lo más bello de la lengua, con lo más puro, con lo que entra directamente en la misma esencia. El tiempo humano y el tiempo poético cabalgan en la misma montura, no hay excusas para invertir unos minutos en degustar un poema, y después poder saborearlo en la memoria, aprendiendo los versos, compartiéndolos como se comparte un buen vino. Pero en estos tiempos en los que todo está limitado, en los que la pantalla está incrustada en las retinas de la gente, apenas queda tiempo para paladear un poema. Aún así, el legado de los poetas siempre queda, ahí está el de Juan Alfredo Egea quien desde su interior ha quedado para siempre en el mundo de los vivos, transmitiendo la vida que él vio con los ojos que supieron escrutar la otra realidad, la que solo aparece en quienes sí aman la vida.

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