“El Principito” en Davos

Hace unos días ha finalizado, en la ciudad suiza de Davos, el encuentro que líderes y representantes políticos, sociales y empresariales de los principales países del mundo mantienen cada año para debatir los asuntos más acuciantes que marcarán la agenda global ante los problemas e incertidumbres que estamos viviendo, desde la revisión del actual modelo económico hasta la urgencia de soluciones para frenar el cambio climático y su repercusión en el desarrollo de las sociedades más afectadas por sus tremendas consecuencias.

Es fácil pensar que quienes participan en el World Economic Forum son, como los denominaba S. Huntington, los “hombres de Davos”, esas personas pertenecientes a una élite “con escasa necesidad de lealtades nacionales, que ven las fronteras nacionales como obstáculos que afortunadamente están desapareciendo y que observan los gobiernos nacionales como elementos residuales del pasado cuya única función útil es facilitar las operaciones de dicha élite global”, ya que su posición está alejada de la realidad diaria del común de los ciudadanos, de los trabajadores en entornos de precariedad laboral, de los pueblos que sufren la presión de la economía o la opresión de los conflictos sociales o bélicos, de los jóvenes ante un futuro incierto a pesar del espejismo de los mundos virtuales, de las mujeres a las que la desigualdad las iguala siempre un escalón por debajo…

Y es fácil pensar así porque observan el mundo desde una posición de privilegio que nada tiene en común con una cola del paro, con las fronteras insalvables, con la tierra yerma, con la migración del conocimiento y de las ideas, con el esfuerzo permanente para no poder salir del círculo de la pobreza… Desde esa posición solo pueden pisar el suelo a partir de informes, estadísticas y sesudos análisis macroeconómicos en los que las fórmulas de cálculo dejan fuera las variables más importantes: las humanas.

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Una revisión de los últimos encuentros nos deja un denominador común: las transformaciones económicas, tecnológicas y políticas a las que se enfrenta la humanidad y las reflexiones conjuntas que derivan de ellas para cada contexto temporal. La tecnología ocupa un lugar destacado desde hace años ya que se ha convertido en la palanca de mayor capacidad transformadora a todos los niveles, desde los procesos creativos y productivos hasta los de consumo, desde los sistemas de educación hasta los comportamientos sociales, desde el acceso a la información y al conocimiento hasta los modelos de relación interpersonales y entre personas y empresas. Y también es la protagonista de la evolución a diferentes velocidades de dos grandes áreas económicas: las emergentes con un crecimiento exponencial y alta capacidad de adopción de sistemas digitales, y la Unión Europea con un modelo de crecimiento maduro pero estancado, incapaz de resolver el problema de desempleo y con grandes desventajas competitivas para defender su antigua posición de liderazgo económico.

Si analizamos los últimos diez informes anuales de Riesgos Globales elaborados por el World Economic Forum, en los que se apuntan los riesgos de alta probabilidad de ocurrencia y los de alto impacto para la estabilidad mundial en cinco áreas principales (económica, medioambiental, geopolítica, social y tecnológica), observamos cómo se ha pasado de poner el foco en los problemas económicos durante el primer lustro, a destacar la preocupación por los sociales y geopolíticos en el segundo. No obstante, en el bloque social los riesgos fundamentales que destacan son la crisis del agua y los movimientos migratorios, muy relacionados en muchas regiones con los problemas medioambientales. Estos últimos se constituyen por primera vez (informe 2020) en los cinco principales riesgos globales, en términos de probabilidad de ocurrencia, y marcan los desafíos urgentes relacionados con la crisis climática, la pérdida de biodiversidad y la disminución récord de las especies.

Los conflictos geopolíticos, el desempleo, la crisis fiscal o los ciberataques han sido durante años los temas protagonistas, entre otros, de la necesidad de acordar consensos globales para proteger el funcionamiento y las relaciones comerciales entre los diferentes mercados, potenciando la confianza como el atributo que logra su estabilidad. En este contexto, las empresas han de flexibilizar sus modelos de negocio y adaptarse a circunstancias cambiantes y, en algunos casos, imprevisibles, dotándose de talento y ajustando sus estrategias y gestión a requerimientos diferentes a los de las dos últimas décadas. Período en el que la mitad de las empresas de la lista Fortune 500 han desaparecido; en su lugar, han emergido grandes tecnológicas con capacidad para controlar el bien más valorado: los datos. Se caracterizan por tener mayor agilidad y plasticidad para reaccionar ante riesgos potenciales ya que no dependen de fronteras ni de conflictos geopolíticos.

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Finalmente, este año ha visto la luz el “Manifiesto de Davos” que recoge el propósito universal de las empresas en la Cuarta Revolución Industrial. Un documento que aconseja a las empresas “colaborar con todos sus stakeholders en la creación de valor compartido y sostenido, a no medir sus rendimientos en términos de beneficios para los accionistas, sino en relación con el cumplimiento de objetivos ambientales y sociales, y a aprovechar sus competencias básicas, su espíritu empresarial, sus habilidades y sus recursos en iniciativas colaborativas con otras empresas y stakeholders con el fin de mejorar el estado del mundo”.

Me agrada leer el Manifiesto de Davos 2020 porque recoge los principios de administración humanista planteados hace un siglo y porque me recuerda el contenido del libro “El Principito y la gestión empresarial” (2013), en el que les exponía las mismas recomendaciones bajo el prisma conjunto de management y marketing, como referencia para configurar un modelo estratégico de empresa que conjugue sus intereses con los de empleados, stakeholders y shareholders. Les recomiendo recuperen su lectura.

 

José Manuel Navarro Llena.

@jmnllena

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