© velusariot - Fotolia.com
La Finca El Señorío

En qué apuros más gordos nos pone esto de la Navidad. A todo el mundo le da por hacer balance del año y, claro, mi jefe no ha querido ser menos y se ha empeñado en reunirnos para evaluar los progresos del año en la tesis. He intentado zafarme, vaya si lo he intentado, pero el tema me pilló por sorpresa. Como último recurso, acudí a la gripe A, pero se ve que el tema está un poco oxidado y ya no impacta tanto. De hecho, ya me miró raro cuando la pasé por segunda vez, así que esta tercera ni siquiera ha pestañeado. Quería verme en su despacho el lunes veinte, a las once y media, y con un informe detallado de los avances anuales. ¡Encima toca madrugar!

Me dio algo, de verdad. Se dejaba ver cierta desconfianza que no comprendo viniendo de él. Pensaba encauzar el tema por ahí. De todos modos, como el espíritu resignado que siempre he sido, me armé de valor y me presenté con aire afectado a nuestra cita, portando una carpeta con un montón de papeles que había recopilado en el último minuto.

– Buenos días Don Alberto – le saludé fríamente mientras él me invitaba a pasar.

– Hola Dani, buenos días. Siéntate y vamos a ver como va ésto.

– Gracias – más frialdad – no quiero sentarme – y mucho alzamiento de cabeza. Cuando una se siente despechada tiene que alzar la cabeza.

– Como quieras.

No estoy muy segura de que este hombre sepa detectar las señales, porque no parecía intimidado en absoluto. Muy por el contrario sacó una carpetita en la que ponía “Objetivos 2010”. La he recordado de inmediato, los escribimos en enero y eran todo lo que Don Alberto esperaba fuese el año. ¡Qué infantil!

– Bien, comencemos: Uno, Toma de muestras en la finca “El Señorío”. – Es la finca matriz de mi tesis. No sé exactamente qué pinta en el asunto, pero siempre que se habla de mi tesis se habla también del sitio ese.

– Esto está hecho, – continuó Don Alberto, – fuimos José Antonio y yo. ¿Recuerdas que se nos quedó tirado el todoterreno y tuvimos que hacer noche en Lucena? – El asunto me sonaba. Recuerdo que cuando por fin consiguieron llegar venían con el coche lleno de bolsas de tierra y yo tuve que ponerles unos cartelitos y pasarles un rodillo, como si fuesen una empanada.

– Dos, análisis químicos de las muestras y estudio geográfico. – Lo miré muy seria. Aquel asunto aun no lo había superado y él lo sabía. Pude leer el remordimiento en su cara. En algún momento de marzo, Don Alberto me dio un libro muy gordo, donde explicaba cómo hacer multitud de cosas con la tierra. Yo le eché un vistazo y allí se trataban asuntos de lo más peligrosos, como ácido sulfúrico y otras cosas fatales. Yo no quería parecer grosera o poco profesional, así que incluso me interesé por la ubicación del “material”. El gesto emocionó a Don Alberto que, lleno de ilusión, me enseñó un armario en el que había un montón de frascos con nombres muy alemanes como Erlen-meyer y Kita–satos que a mi parecer eran todos iguales. Luego me hizo una demostración en directo de lo que había que hacer. Tardó dos horas, y después me señaló las otras ochocientas diez muestras con las que había que repetir el proceso. Fuimos hasta el armario de los reactivos y allí ocurrió la desgracia. Tratando de hacer la primera muestra, cogí una pipeta, de donde una fatídica gota cayó sobre mi falda de volantes ibicenca. Vislumbré con impotencia como un agujero del tamaño de una aceituna se extendía, y lloré. Aquello terminó con las aspiraciones de Don Alberto, que inmediatamente entendió la insensatez que había cometido.

– También está hecho. Los hicimos entre Encarnita, José Antonio y yo. Hace apenas diez días que terminamos con la última muestra.

– La verdad es que ha sido un buen año – dije apretando mi carpeta y sin asomo de rencor.

– Tres, simulador de lluvia. Es lo único que nos queda para que el año fuese perfecto. Si pudieses venir hasta “El Señorío”… – Lo veía venir, este hombre nunca está contento con nada.

– Don Alberto, siempre se quedan cosas en el tintero.

– Pero Daniela, sería cosa de un par de horas. José Antonio y yo nos vamos un par de días antes, instalamos el simulador, tomamos las muestras, y tú cuando puedas te pasas por allí y te haces unas fotos para la tesis.

– Que no, Don Alberto, que no. ¡Fíjese en que fechas estamos!

– Lo sé, lo sé. Sin embargo, si pudieses hacer un esfuerzo. A Don Carlos, el dueño “Del Señorío”, le haría una ilusión enorme conocerte. Le hemos hablado tanto de ti.

-Está bien, está bien. El día 22 me voy para allá. –– Es lo malo que tengo, que al final soy una sentimental de tomo y lomo. El esfuerzo merecía la pena con tal de ver la cara de ilusión de Don Alberto.

– Gracias, Dani, gracias. No te arrepentirás.

– Ya veremos, ya veremos – dije despidiéndome. – Tengo cita en la peluquería en media hora y tengo que marcharme.

– ¡Nos vemos en “El Señorío”! –exclamó eufórico.

Salí del despacho orgullosa de mi profesionalidad. En aquel viaje a “El Señorío” iba a dar el do de pecho. O eso pensaba entonces. Si hubiese sabido lo que me esperaba allí no hubiese sido tan condescendiente con Don Alberto. Pero eso ya os lo contaré más tarde, que todavía me dan escalofríos cuando lo pienso.