Día de fiesta – Atrapando a Daniela

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Fiesta de Halloween

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Fiesta de Halloween

Menuda alegría me llevé la semana pasada cuando encontré el disfraz de vampiresa deluxe completo y a precio de ganga. Por veinte euros me daban un corpiño monísimo con cintitas en plan molinera del siglo XVI, una faldita negra de tubo y hasta una capita de raso de lo más resultón. Por si fuera poco, también iba incluido una pelucaza a lo Salma Hayek y unas medias de rejilla. Si la modelo de la foto, que no me llegaba a la altura del betún lucía tan estupenda, yo iba a quedar digna del Olimpo. Lo cierto es que resultaba un poco atrevido para mi estilo usual, pero qué se yo, por una vez no está de más pasarse de lujuriosa, que hay que aprovechar. Estaba decidida a ser la sensación de la fiesta de Halloween de Patricia Guirao, en la que, para colmo de dichas, Lucas y Marta Jiménez se habían ofrecido a llevarme en su coche. Como nunca pillo vehículo de gorroneo me hacía casi más ilusión que la fiesta. Llena de emoción me dispuse a las siete a ponerme mi modelazo, que todavía estaba en la bolsa original.

FALDA: Tras diez minutos probando distintas combinaciones me tuve que resignar y aceptar la realidad. Allí no cabía más de pierna y media, pierna y tres cuartos si me ponía en plan egipcia y retorciéndome un poco. Como estoy llena de recursos y plena de entusiasmo cambié de estrategia tratando de metérmela por la cabeza. La cosa iba bien hasta llegar al ombligo y tratar de abrir camino en la zona problemática. Un sonoro RAAAAAAAAASSSSSS dio al traste con mis esperanzas y ha dejado claro que de la falda no se podía esperar mucho más.

CORPIÑO: ¡Pero qué clase de modelo han buscado para la foto! Toda la tela que me faltaba de falda me sobraba en el corpiño. Probé a apretarme los lazos y a base de fruncir la tela conseguí encajármelo, pero, claro, parecía un fuelle, y para nada me estaba quedando como en la foto. Como encima de pronto hace un frío de muerte, ¿dónde diablos iba yo en tirantes? Por supuesto, la opción de ponerse el jersey de cuello vuelto debajo del corpiño iba en contra de la filosofía.

MEDIAS: Me hacían una pantorrilla adorable, pero ahí acababa todo. Y lo digo literalmente porque por más y más que tiré no subían ni un milímetro por encima de la rodilla. Apoyándome contra la pared pude estirar la derecha hasta cuatro dedos por encima de la rodilla, logro que me brindó el entusiasmo necesario para intentar tan espectacular resultado en la izquierda. La avaricia rompe el saco, o en este caso la media. Un silencioso boquete del tamaño de una manzana golden se instaló exitosamente y las medias fueron a hacer compañía a la falda.

PELUCA: El flequillo que a la muchacha de la foto le enmarcaba la seductora mirada, pero en mi caso me enmarcaba la punta de la nariz. Como el tiempo se me echaba encima me apresuré a ir a por las tijeras pero eso de cortar un flequillo recto es más complicado de lo que parece y emparejando, emparejando, casi sin darme cuenta me quedé sin flequillo que emparejar. La peluca sin flequillo quedaba fatal y encima los restos de pelo asemejaban una tercera ceja.

Total, que todo lo que me ha quedado de disfraz era la capa, y mirándome en el espejo parecía el anuncio de “Magia Borrás”. A grandes problemas, grandes soluciones. Ni corta ni perezosa he cogido el teléfono:

– ¿Marta?… Hola guapa… Que mira, que no vengáis a por mi que yo esto de Halloween lo veo muy americano, y he decidido no ir a la fiesta. – Lo ha comprendido perfectamente. Si ella supiese. Lo que más me duele es lo del coche.

Abuelita, qué boca tan grande tienes

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Abuelita, qué boca tan grande tienes

Hoy me he puesto en plan sentimental y he ido a ver a mi abuela, por aquello de que era fiesta y estaba nublado. Me la imaginaba sola, viendo pasar la gente desde su balcón mientras hacía un nostálgico repaso a su vida. Mi visita le consolaría de su solitaria senectud llevándole un poco de alegría. Pero en realidad no sé para qué voy, supongo que mi imaginación no escarmienta. Ni estaba sola ni en casa, sino tomando churros en plaza Bibrrambla con su inseparable y discreta amiga Dolorcitas.

– ¡Hola abuela! – La he saludado uniéndome a la mesa. No es que se las viera muy tristes, la verdad.
– ¡Hola niña! ¿Qué haces aquí? – El tono me ha sonado un pelín a que estaba de más, pero supongo que cualquier abuela se alegra de ver sangre joven.
– He venido a verte, claro está, – le he contestado con una sonrisa mientras me pedía otra ración de churros y un chocolate.
– Claro, pobre, como no tiene novio – le ha dicho ella a Dolorcitas. Es una cosa curiosísima, mi abuela piensa que por el solo hecho de no mirarte ya no la oyes. – Como no espabile se quedará solterona.
– Para que te enteres, abuela, estoy contentísima con mi estado. Lo paso fenomenal siendo single y no tengo intención alguna de encontrar pareja.
– ¿Qué has dicho que eres?
– Single abuela, single. Es un término ingles que se refiere a la gente que, como yo, disfrutamos de nuestra soltería.
– ¿Qué ha dicho? – Ha preguntado entonces Dolorcitas, que es un poco dura de oído y la pobre no veía manera de incorporarse a la conversación.
– Que a las solteronas se les llama single en inglés, – y cogiéndola del brazo con cara de circunstancias – Mi nieta como verás es soltera pero muy leída. Aquí donde la ves es boticaria y está estudiando para médico.
– Abuela, yo no estudio para médico, – he interrumpido enojada. – Estoy haciendo la tesis en edafología.
– ¿No me dijiste que ibas a ser doctora? – Ahora la enojada era ella.
– Bueno sí, doctora pero en edafología, – he aclarado con dignidad.
– ¿Y esos que curan? – Me tenía poco respeto, pero después de esto lo mismo hasta deja de hablarme.
– Los edafólogos no tienen nada que ver con la medicina. Estudian el suelo, las rocas… Esas cosas. – ¿Por qué estaba tan nerviosa? No tengo nada que esconder.
– ¿Y eso para que sirve? – Mirada asesina. Tono severo. Menudo genio tiene esta mujer.
– Pues para…
– Estupendo. Solterona y sin trabajo. Menos mal que sabes inglés, – ha zanjado mientras se levantaba y dábamos por terminada la merienda.

Y aquí estoy. Sentada frente a mi balcón, con los ojos llorosos y haciendo un nostálgico repaso a mi vida mientras veo caer la lluvia. No vuelvo a ir a ver a la abuela en mi vida.