La Dra. Mousselle esperando en el hotel
La Dra. Mousselle esperando en el hotel

– ¿Llamaba, Dr. Carballo? – Mirada inocente y porte orgulloso mientras me adentro en el centro de operaciones de mi jefe. Este hombre me saca siempre de la peluquería en los momentos más inoportunos.

– ¿Llamaba? Llevo tratando de que te presentes más de una semana. Siéntate. – El Dr. Carballo se piensa que yo tengo que estar detrás de la puerta para cuando a él se le ocurra llamarme, pero como tengo el día diplomático y parece que está de buen humor no digo ni pío.

– Daniela, por fin un golpe de suerte. La Dra. Mouselle, de la Sorbona, se ha interesado por tus trabajos.

– Pues sí que es un golpe de suerte sí, claro que los franceses siempre tuvieron buen gusto… – Ya se podía poner menos chulo o me largaba para La France en un periquete.

– Es casi un milagro. Va a venir el lunes para evaluar la posibilidad de concederte una beca Eiffel. Ya te figurarás lo bien que nos vendría el asunto que con lo que se está alargando tu tesis y lo que te pagamos…

¡Dinero! A todo le ponen cifra hoy día. Que mundanidad más espantosa.

– La cosa es que tienes que ir a recogerla el lunes al aeropuerto, invitarla a desayunar y por último llevarla a su hotel. Trata de impresionarla y causarle una buena primera impresión. – Y mirándome muy serio. – Ya sabes, procura hablar lo mínimo posible de Edafología. — Que yo porque tengo muy buen carácter pero la intención del comentario no me gustó un pelo. Un día de estos me entero de que va lo de la Edafología y les pongo los pies en su sitio. No obstante tenía el día concesivo y no quería reñir con mi jefe.

– Tranquilo jefe.  Me la voy a llevar al Palace y después de un par de croissants la “Eiffel” será mía. Ni se figura lo bien, que doy yo en el Palace. Cosa fina.

– No innoves Daniela, no innoves. Mejor desayunáis en el aeropuerto. Su avión llega a las nueve de la mañana así que no te retrases ni un minuto.

– Ay no, lo del aeropuerto no va a poder ser. Siempre me lío para llegar y termino en sitios muy raros. ¿Sabía que existe un pueblo llamado Chimeneas?

– Ya empezamos Daniela. ¡Si te lías mira un plano que nos jugamos mucho, leñe!

– No se ponga cabezón. Dígale usted que nos encontraremos en el Palace que del resto me encargo yo. – y me largué a preparar mi estrategia. Menuda ilusión yo con una beca Eiffel, que caché me iba a dar eso a mí en la próxima reunioncita familiar. El fin de semana me fui de compras y ni se figuran la monada de sandalias que encontré. Algún día serían conocidas como Eiffelitas en mi honor.  El domingo por la noche hice los cálculos necesarios para asegurarme el éxito de mi empresa:

Hora de llegada de Daniela al hotel = Hora de llegada de la francesa al aeropuerto + media hora de retraso del avión + media hora de recogida de maletas + media hora de viaje al hotel -10’ para posibles imprevistos (hay que ser previsor)

Total que a las diez y veinte podía presentarme tranquilamente a esperar a la franchute tan ricamente en el hotel. Pero los acontecimientos empezaron a precipitarse cuando al día siguiente, a las diez menos diez, recibí una llamada:

9:50: La Dra. Mousselle telefonea desde el Palace. No me ve por ninguna parte. Le digo que he ido al baño y que en diez minutos me reúno con ella en recepción. También es mala suerte, será el primer avión que llega a su hora.

10:15: Después de una carrera consigo llegar al Palace con la lengua fuera, para mi desgracia la francesa me avista en el último tramo de recorrido, arguyo que no había jabón y he ido a buscarlo a un hotel vecino pero me da que no se lo traga del todo. La doctora Mousselle, alta, joven y guapa, no parece guardarme rencor por el retraso, si bien es cierto que ni siquiera echa un vistazo a mis “Eiffelitas” mientras nos dirigimos al salón de desayunos. Trae una maleta del tamaño de Córcega pero que es una preciosidad.

10:20: Pongo en marcha el plan: Paso 1) Impresionarla a través de la comida. Pido dos desayunos imperiales. Carísimos pero un innegable golpe de efecto. La Dra. Mousselle me pregunta por mis inquietudes edafólogicas. Me zampo un croissant.

10:25: La francesa me pregunta por mi área geológica. Le zampo un croissant, la cosa se pone fea y tengo que recurrir al paso 2) Distraer la atención con mis conocimientos sobre la Alhambra.

10:26: Descubro la laguna del paso 2: Mis conocimientos sobre la Alhambra son prácticamente nulos. Se impone el paso 3) Largarse sea como sea. Pido la cuenta casi al tiempo que descubro que me he dejado la cartera en el coche. ¡Qué finos son los franceses! A saber lo que está pensando, pero que me sonríe amablemente mientras extiende los cincuenta euros es un hecho.

Coge su enorme maleta y comenzamos la marcha de dos kilómetros hacia el parking. Cuando por fin llegamos no tardo en descubrir que no tengo la menor idea de donde está el coche. Recorremos tres veces completas el parking de punta a punta porteando la enorme maleta de la doctora. A punto de comenzar el cuarto ascenso mi compañera con claros síntomas de asfixia se retira a beber un poco de agua, ocasión que aprovecho para perderle la maleta. La localizo a unos doscientos kilómetros por hora tres parkings más abajo. ¡Lo que corre una maleta con ruedas! Choca contra un ciprés y después de quince minutos conseguimos recuperar la mayoría de la ropa excepto el sujetador de copa de la doctora que, caprichos del destino, está en una rama muy alta. Las Eiffelitas me están matando. La Dra. Mousselle me echa una mano y consigue arrastrarnos de vuelta a la maleta y a mí. Un grupo de japoneses muy amable  nos informan que han avistado el coche en el P4, la exhausta Dra Mousselle y su maleta esperan mientras llego triunfal con mi mini. Como el maletero no se abre, la doctora tiene que sentarse encima de su maleta, menos mal que el coche tiene techo solar y la mujer puede sacar por ahí el cuello. Parece una jirafa.  Cuando llegamos al Hotel Nazaríes el rostro de alivio de la doctora es indescriptible mientras se despide. Descubro por casualidad que me he confundido de hotel, y me empeño en subsanar el error, pero la doctora se niega a volver a subirse al coche. Cortés pero tajante. Rien de rien. En ese momento me llama el Dr. Carballo.

– ¿Cómo ha ido todo?

– Bueno,  impresionada ha quedado muy, pero que muy impresionada.

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