(Agosto Día 31)

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La temperatura del tugurio cambió. En algunas esquinas el termómetro podía marcar bajo cero. Caras gélidas, miradas glaucas, ademanes hostiles, espinazos erectos, rictus pétreos. En otras, hacía calor tropical. Peña sofocada, corazones desbocados, latidos tan marcados como para llevar el ritmo de la canción que sonaba, lenta y suave, sinuosa. Gotas de sudor perlaban las frentes y se agolpaban en los pechos. Las manos les acompañaban. Los hierros querían disparar sus corazones letales de plata y pólvora. Hielo y fuego, todos los moradores del bar tenían una buena razón para despachar al tipo que entraba por la maldita puerta giratoria. A mí me daba completamente igual. Ya conocía al tipo de marras y sabía que estaba en su salsa y que más pronto o más tarde habría una buena razón para partirle la cara. Pero no era hoy ese día. Ni tampoco sería mañana. De momento. Así que volví mi cuello con un ligero tic rápido y encaré lo que realmente me importaba y, por segunda vez en menos de cinco minutos, dejaría que la vida transcurriera a su aire a mis espaldas. Yo era mi taburete, de madera, añejo, con tantos culos sobre él a lo largo de cuatro décadas de humo y alcohol barato que podría doctorarme con un tratado epistemológico sobre cómo cruzar las piernas y acodarme en una barra para buscar problemas. El problema del día tenía rizos, toneladas de bucles. Curvas. Ojos almendrados, mirada rasgada. Labios sensuales. Para colmo, decía ‘Hola’ muy bajito. De ahí los Negronis, con su amarga combinación de Vermouth y Ginebra despachados con un golpe de muñeca de Campari, esa mezcla italiana que le termina de dar a esa bomba de relojería alcohólica el toque de distinción no solo para cogérsela con elegancia, sino para que la mujer que tienes enfrente te acompañe sin pestañear. Y hay damas que cuando pestañean, vuelan y se llevan tu alma, tu corazón, o lo que sea que te quede todavía dentro de tu pellejo.

-“¿Por qué brindamos?”, susurró ajena a la tóxica atmósfera que amenazaba tormenta en el bar.
-“Por nosotros, no queda otra”, me la jugué inocente para buscar un vínculo.
Misteriosamente, sonrió de vuelta de mi frase, alzó el vaso con el Negroni y lo chocó con fuerza contra el mío
-Salud, bello. Lo que das en la vida te viene de vuelta, extendió el brindis inicial

Los altavoces dejaban caer por el local las notas musicales de la canción. La letra se dispersaba con ecos por las paredes y rebotaban entre ellas. Era como si yo solo la pudiera escuchar. Bebí un sorbo más del Negroni y no pude quitar los ojos de ti. En ese momento, me percaté que me estaba enamorando. Del tirón.

RECOMENDACIONES
¿Cómo se hace un Negroni? En este link tienes toda la info
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UNO A UNO
Son como hormigas (Agosto Día 1)
Desde el Infierno (Agosto Día 2)
Donde todo empezó (Agosto Día 3)
Bajo la sombrilla (Agosto Día 4)
Flores en la cabeza (Agosto Día 5)
Estos es un Tercio español (Agosto Día 6)
Paellas y Guiris  (Agosto Día 7)
Mirando como mira Marilyn (Agosto Día 8)
Muros de gomaespuma (Agosto Día 9)
La siguiente estupidez (Agosto Día 10)
El desamor como fuerza creativa (Agosto Día 11)
Un lugar en el mundo (Agosto Día 12)
Un momento de dolor (Agosto Día 13)
Ojos Verdes  (Agosto Día 14)
La edad de la inocencia (Agosto Día 15)
Hay que hablar del tabaco (Agosto Día 16)
Cruzaremos espejos (Agosto Día 17)
De cabeza (Agosto Día 18)
Las distancias (Agosto Día 19)
Amor Desesperado (Agosto Día 20)
Like A Rolling Stone (Agosto Día 21)
Despedidas (Agosto Día 22)
Suciedad (Agosto Día 23)
La Aventura (Agosto Día 24)
Arañazos (Agosto Día 25)
Pinchazos (Agosto Día 26)
Los Besos ( Agosto Día 27)
Días y Noches (Agosto Día 28)
Saludos (Agosto Día 29)
Un collar tropical (Agosto Día 30)
Un Negroni y no puedo quitar los ojos de ti (Agosto Día 31)

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